
Leído el sábado 2 de Agosto de 2008, en la Sede UNCO -Unión Comunal de agrupaciones Culturales- San Felipe, Chile, en ocasión de presentar la revista La Quetrófila junto a Marian Lutzky y Ximena Venturini,
presentadas por Felipe Moncada Mijic.
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hombre y tu barba enardecida
una constelación de entelequias
de pesos abandónicos
un jirón de incendio en carnaval
tu cuello, lo que ha restado en blanco
tu barba de incordios un salmo demente
*
al principio de la oscuridad que en un gesto te habita
la longa procesión de maestrías
de género convulso y constrictor
una insistencia marchita un colgajo de muertes arremolinadas
tu barba como la ilustrarían en próceres, en vikingos y en jinetes
tu barba de medio siglo de muertos en batalla
una construcción de miniaturas en fila india
una madeja de mimbres enternecidos
una corona de soplos dejos, un vendaval tu barba
*
¿dónde terminamos, hombre?
¿dónde termina tu cuerpo?
¿cuántos colores te germinan sobre el cuenco que se te dio por llamar boca?
*
una barba profusa, conteste, indeleble
de ritos de insomnio
de velas en noche
una barba navío un barbado navegante
*
una muchedumbre de sauces llorándote en la cara
marchitos, confusamente nuevos en su vejez de sierpes
una barba viperina, lenguada, intempestiva
un entramado flotante sobre los gestos que te esconden en el huerto
-aquellos que fuimos mientras todavía estaba tibia la cama-
una barba cometa, barba rumiante
mástil
una apuesta de sismo sobre vientre desnudo
A Borges
no vayas
a reclamar tu parte en nochebuena
a compungir a tu madre justo cuando llegue de la peluquería
con la tintura estrenando cromatismo
no petrifiques a los muertos en fechas
no
deslumbres de muerte mientras vivo
hay
un sigilo al que deberíamos estarnos atentos:
la composición del estigma no puede
disculparnos sin juicio
vamos a caer en las garras de los aljibes y
llovernos de tristeza algún día,
quizás en julio
no vayas a equivocar el trazo en el quinto movimiento
de Chopin
serás un anacoreta o
mejor
un arlequín a sueldo
de la memoria de tus ancestros, un remilgo
apenas un muestrario de caos un
silencio de cementerio público
un mortero
una guadaña
la concuspicencia imberbe
la alegoría del tiento
pero
jamás tu sombra ni aquello
que te devuelva el espejo
acaso el terror nos adormezca
una mañana de verano y sin embargo sé
con una seguridad de siglos
que voy a parir tus hijos
y vas
a confiscarme el vientre
como
si tuvieras derecho a envejecerme
sin jamás
pedirme disculpas por aquella
intermitencia
no tendrás por asombro una mueca sino
el desvelo del zorro
no tengo más que estas uñas
intentar escribirnos con la biblioteca
alzándose a mi diestra como un mausoleo
los nombres que gimen desde los lomos en oropeles
han sembrado por causa mis dos y ambas manos que tintinean sobre las teclas
no me disculpan los malos poetas siquiera
que se diluyen entre el gentío de autores
conversando de estante a estante
sobre los estetas y las durmientes
quizás
alguno se compadezca
quizás
me tome en estima Borges
muerto de risa –una risa sin ojos, una carcajada vaída, añeja-
y se sonría levemente si intento el Gólem
si retruco sus lánguidas convexidades con apenas
estos retazos de música
quizás sospeche que cuando camino desde la facultad
y las calles se convierten en las galerías del amenazado
abrazo las columnas de la que fue su casa
y huelo hasta el vértice de su puerta
para intentar la estupidez de contagiarme
por lo menos
cuando diseñe un símbolo
o finalice una estrofa
olvidarte, Borges, sería
por caso un atajo
pero no vaya a ser
que alguno de mis muertos
se arrepienta por darme estirpe
no vaya a ser
que las amapolas se me derritan en la ventana
ni aún darle un punto final a este poema
porque soy tan cobarde, Borges
tan niña:
quisiera que lo sepas
a la hora del juicio.